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Jesucristo como un Quijote

Con el eslogan “Sed Razonables, pedid lo imposible” pintado sobre los muros de la Sorbona de París, se puso en marcha el movimiento estudiantil del sesenta y ocho. No tenía nada de original, pues se había adelantado dos mil años Jesucristo, cuando decía:”si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a ese monte muévete de aquí a allá y se movería y nada os sería imposible”. Quizá por eso hayan apellidado muchos a Jesús como “el profeta de lo imposible”.

   “Soñar lo imposible soñar…” así canta el musical “El Hombre de la Mancha” porque así lo propone Cervantes en el Quijote, porque soñar fue siempre tarea del hombre, aunque en la sociedad del orden y del conformismo se prefiera lo posible, lo obvio, lo que no crea problemas, antes que los abismos de lo imposible, que nos acercan al misterio de la divinidad. En “Calígula” obra de teatro de Albert Camus, el joven emperador dice a su amigo Elicone: “Yo no estoy loco; nunca he sido tan razonable como hoy, pero de repente he sentido la imperiosa necesidad de cosas imposibles. Yo necesito la felicidad o la inmortalidad, algo loco que no pertenezca a este mundo”.

   La literatura, el teatro, la poesía… son siempre el mejor espejo de los deseos más íntimos e insondables del ser humano. Característica de la fragilidad humana que apenas surgido en este planeta lanza un grito de espanto y miedo, como ajuste de cuentas con la insatisfacción de fondo que siempre le acompañará por los senderos de la vida: insatisfacción humana por desear más de lo que puede conseguir.

   Calígula sabía que estaba loco pidiendo la eternidad, es decir, lo imposible. Jesús, en cambio, sabía que los hombres no necesitan estar locos para desear lo imposible porque ese deseo nace con nosotros mismos. Es como el aguijón que nos estimula a no conformarnos con la mediocridad, con el orden fácil y seguro, y nos lanza en busca del vértigo de lo imposible, de lo eterno, de esa felicidad imposible… ¿Por qué será esto? ¿Será porque el hombre es el único ser capaz de imaginarla?

   Una diferencia fundamental entre Jesús y los otros religiosos de su tiempo es que Él no achacaba a los dioses el que los hombres no pudieran alcanzar lo imposible. No son, para Él los dioses quienes mueven las riendas del mundo, sino la fe personal, desde el santuario interior donde habita el Dios escondido y silencioso. En las manos del hombre está el destino del mundo. Dios no abandona al hombre; Jesús pedía que no temamos al Dios que nos hizo libres y que confiemos en la fuerza de la esperanza, siendo como somos libérrimos seres y no robot teledirigidos desde las alturas, hemos de confiar en el amor donado.

   Los jóvenes del sesenta y ocho pedían lo imposible, que “la imaginación subiera al poder” para que dirigieran el mundo no los burócratas, ni los poderosos, ni los que tienen miedo a perder privilegios, sino los quijotes, los artistas, los poetas, los inconformistas, los que no tienen nada que perder… Jesús, pedía con sus bienaventuranzas, algo muy parecido: que los pobres, los tristes, los humildes y los que tienen hambre, los misericordiosos y los limpios de corazón, los que construyen la paz y los perseguidos, los leprosos y los locos, en una palabra, los sin poder, crearan el nuevo reino, donde la felicidad no fuera el lujo de unos pocos, sino el pan de cada día colocado en todas las mesas del mundo. Porque La felicidad no está lejos, nos la impedimos con la ceguera del egoísmo y la cobardía. Porque la felicidad no está escondida, ni lejana, sólo que no sabemos distinguirla, mientras giramos en el aburrimiento.

   Quizá la más importante de las revelaciones hechas por Jesús de Nazaret, sea que el Dios que nos predicó tiene una extraña y rara predilección, que va en dirección contraria a las predilecciones del mundo. Él amaba todo lo frágil, lo sin valor, lo débil, lo pequeño… y ese sigue siendo un gran desafío y la constatación de que es posible alcanzar lo imposible, pues no hay más imposible, que un mundo en que sólo los dioses y los poderosos puedan permitirse el lujo de hacer milagros y ser felices, pues, todo lo poseen y todo lo pueden.

   Creer en lo imposible, como Jesús, es creer que nunca está todo perdido, que el árbol más seco puede brotar, que de las ruinas más grandes, de las guerras más sucias y de los campos de exterminio, puede salir algo nuevo, inédito e incomprensible, pero verdadero. ¿Difícil, verdad? Tan difícil que a Jesús le costó la propia vida, pero sólo así se consigue una vida crecida y multiplicada, tanto que resucitó y vive para siempre. ¿Sueño? ¿Imposible? ¿Locura? No. Locura imposible la nuestra, que no nos deja soñar.

   Hemos de ser Quijotes, vivir soñando locuras y no buscar la felicidad para siempre, sino disfrutar de la de cada día, como el pan del Padrenuestro.

Ángel-Daniel de Toro González
SACERDOTE         

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